lunes, 30 de abril de 2018

La cura

La historia, la suya, la que desde hace poco le ha dado por ver con tremenda emoción y ternura, solo puede dimensionarla ese yo más entrado en años, más maduro, sobre cuyas piernas hoy camina.

Hay una inmensa dulzura escondida en todas esas palabras que describieron paso a paso su recorrido por la tenebrosa senda del miedo. Más que un escape, fueron la única forma de supervivencia por ella conocida. De no haber tenido la destreza de poner en palabras sus largas noches y en extremo cortos días, se hubiera perdido para siempre en la locura, o pero aun, en una vida a medias, pálida, tibia, insegura.

No cabe duda, las batallas más feroces se dan piel adentro. Es la mente un verdugo sanguinario que vive encantado de aniquilar sin piedad cualquier escaramuza de libertad.

Valentía es haberse levantado por años cada día, para caminar por la vida, sin levantar sospecha, sin que se notara, que en la nuca le respiraba un yo crítico rancio y amargado, para el cual cada mínima cosa que hacía, no era más que un tiempo perdido, un soberano desperdicio.

Hoy, su yo mayor de cierta edad, de ciertas canas, sentado en su sillón,
que ya no es rojo, y que para los entendidos, ya no está solo,
devora páginas y páginas de escritos, mientras emotiva sonríe pensando
"vaya si ha sido dulce, no sabia que hubiera sido tan dulce"

Sin pucho, sin licor, sin drama, sin sofismas de distracción
desliza su mirada sobre las líneas paralelas de su nueva adquisición
representación gráfica de que esa etapa de su vida, la tórrida, cesó.

Venía a todos aquellos, aun vivos, o que ya fallecieron
que subidos en su simca, la acompañaron en su colorido safari por el miedo.



No hay comentarios:

Publicar un comentario