Rápido pasa un pie delante del otro, una y otra vez, sin tregua. Manos
temerosas se estiran y contraen al interior de los bolsillos, mientras la
melena arisca no se decide a ubicarse en un solo lugar. El viento en la cara le
provoca un gesto que acentúa sus arrugas, a la vez que mantiene colorada su
nariz.
Está oscuro, pero puede ver la luz del semáforo al final de la
calle. Aunque su cuerpo avanza como una locomotora, sabe que aún no se ha
decidido.
Dentro del bolsillo, sus dedos rozan el borde frio y metálico de
la llave. –Vuelve- era lo único que
decía la nota junto con la cual la encontró sobre el techo de su carro. De eso hace ya dos meses.
Llega a la esquina, asoma la cabeza, y detiene la mirada sobre el
portón verde a mitad de calle. La luz de la ventana está apagada, lo que la
anima a acercarse. Parada en la acera, con la mirada clavada en los carros que
pasan, respira hondo, mientras con sus dedos continua jugando con la llave.
Han pasado diez minutos, y ella, ahora sentada sobre el tercero de
los cuatro escalones de la entrada, juguetea con el ramo de margaritas que
encontró sobre el buzón. Es la quinta vez que se acerca desde que se
marchó, y la segunda que al menos se
detiene frente al portón. La idea de las flores parece estar dando resultado.
Su esposo, ansioso, la observa escondido detrás de las cortinas. Vas
a lograrlo! – piensa, mientras con cariño bordea la forma de su cabeza con los
dedos.
El bebé en el cuarto de al lado comienza a llorar, y ella, asustada, de un brinco salta las escaleras
echando a correr calle abajo.
- Tienes que lograrlo! Dice
él en voz alta, mientras resignado se dirige a la cuna a atender al bebé.
Hermosa narración, Penélope. Me encantó. Además, la intención cayendo como un velo le añade más valor todavía. Cristian (biyú)
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