jueves, 26 de abril de 2018

Fuerte y Floré

Hay amores que de lo profundos, nacen a la vida, florecen, dan frutos, sin tomarse el tiempo de dejar constancia de su inmensa magnitud.

Tan generosos y reales, que las palabras, se quedan cortas para describirlos, al punto que el rastro gráfico y documental que dejan, cuando trascienden a otra dimensión, es muy limitado, casi inexistente.

Amores de esos tejidos con presencia, solidaridad oportuna, calidez constante, paso pausado pero firme, construidos en silencio, sin hablar de si mismos, abiertos, cotidianos, presentes.

Austeros en demostraciones banales, y al mismo tiempo ricos y amplios en coherencia, en dulzura, en hechos y miradas, más no en palabras.

Tuvo él la fortuna, esquiva para la mayoría, de disfrutar por largo tiempo, de un amor como esos. De los que por su inmenso tamaño y profundidad, al trascender una mitad, se llevan consigo, arrancan de cuajo, gran parte del alma del que se queda atrás.

Confundido por la invasiva y lapidaria ausencia, y frente a la titánica tarea de llenar sus ilimitadas horas libres,  unas veces con paciencia y esperanza, otras con desasosiego y necesidad, ha caminado él, una y otra vez la senda de ese amor, en busca de alguna huella, alguna evidencia.

Hace solo tres días, esa otra mitad, voluntariosa trascendió la línea invisible del más allá, dejando con delicadeza sobre sus manos como regalo, una foto con tres o cuatro líneas escritas en su reverso. Hermosas líneas, hermoso recuerdo, timing perfecto.

Evidencia clara, contundente, de que ese amor existe, respira, actúa, habla, sigue presente.

Hay amores que de lo profundos, nunca mueren, solo trascienden.

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