Baja la colina deteniéndose
en cada esquina, tal como lo había hecho durante todo el verano. A su paso, atrás van quedando los muros que fungieron como escudos en su diario deambular. Arriba y abajo, una y otra vez. Unos días
sonriente y jubilosa, otros deportiva, fuerte, sudorosa, algunos lánguidos,
esforzados, asfixiados.
Hoy es el último recorrido. Al menos el
último de esta temporada. Su avión parte a la madrugada, llevándosela de vuelta
a la realidad.
Mientras baja, contrario a la costumbre,
tiene su mente en blanco, silencio total, ni un murmullo, ni una tonada, ni un
solo recuerdo o premonición, nada. Si no estuviera en movimiento podría pensar
que había muerto finalmente, pero no, muy viva, muy parsimoniosa, desciende.
Cruza la avenida solitaria, y asoma su
nariz sobre la pendiente. Allí está! Su cómplice, su soporte, su confidente. Lo
ama con locura, pero viene a decirle adiós.
Se dirige hacia las escaleritas de
madera, y presa de un súbito afán, las baja de dos en dos, cuidando de no
resbalar y caer. Finales fatales con historias inconclusas, jamás!
Ya sobre la arena, se quita las
sandalias, dejando que el calor húmedo de final de la tarde la arrulle, y sonriendo camina directo hacia él.
Tal como lo había hecho en el pasado,
allí en la isla que casi se tragaba el caribe, él rodeo con ímpetu sus piernas,
casi besándolas, para acto seguido succionar tajante, con gran fuerza, la
tristeza de su piel, haciéndola perder el equilibrio al arrastrar de golpe la arena bajo
sus pies.
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