Aprende uno con los años, que a las personas hay que quererlas como son. Bueno, no a todas, limitémoslo a la familia y amigos. Cosa difícil de hacer, así se cierre el círculo, o será precisamente por eso? La cercanía, supongo, es la que empina el camino. Fácil dejar que quienes medio me rozan, sean como bien les venga en gana, pero y los de al lado? Joder, a esos sí que cuesta.
Mi yo sabio juvenil hace siglos concluyó que la amistad, en la mayoría de los casos, debe ser medio miope, y en casos extremos, hasta ciega. No hay de otra. Si no lo logramos, solo nos queda caminar estoicamente hacia la soledad duradera. Aunque pensándolo bien, esa sí que debe ser fácil. Sin apuestas, sin egos, sin expectativas, solos, arrastrando los pies, o no necesariamente, a lo mejor al final de nuestros días no arrastramos nada, sino que rodamos sobre un par de niqueladas y brillantes ruedas.
Así que, quererlos como son. Y cómo carajos son?, porque por lo menos a mi me pasa, que, empeñada en hacer marquitos y definiciones, cuando logro embutir a un ser querido entre unos límites bien puestos, zas! Justo ahí, le da por dejar salir lo más novedoso de su personalidad. Y dale, a borrar el esquema y comenzar de nuevo.
Parece que he desperdiciado media vida tratando de definir a las personas, para una vez enmarcadas, poder quererlas. Cual coleccionista de muñecas, de esas que nunca se sacan de su original caja transparente. Repisa de amores y egos, amigos y familia, todos impecables con sus diminutos vestiditos, pelo tieso, mirada fija y sonrisa de terror. Los cuento, les quito el polvo, los reacomodo, y voy y me siento en mi sofá, desde donde los pueda ver, y así, tranquila, sintiéndome rodeada y querida, abro mi libro y me pongo a leer.
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