Abre los ojos, estira los brazos, bosteza, improvisa un beso en la espalda de su hombre, quien aun duerme, y mientras se sienta en la cama, fastidiada, como todos los días, con el invasivo sonido urbano, se divierte repasando los detalles de la noche anterior. El brindis, los abrazos, los consejos para su nueva vida juntos, y por entre los detalles se le van colando los fragmentos de lo que recién soñó mientras dormía.
Ella, navegando en su velero, vieja, sola, plena, de regreso a su casa blanca, perfecta, a la orilla del mar. El olor a verano lánguido en su ropa, sus manos, ya huesudas, que aferran el timón, el naranja estridente del atardecer...
Musitando una canción, se pone de pie y entra al baño con salticos infantiles. En el instante en que apoya las manos sobre el mesón, todo cruje, se mueve. - Dios mío! Esta temblando! - Tres segundos de pánico le toma identificar que se trata de un suave vaivén, y tres más descubrir a la del sueño en su reflejo.
Buscando huir, sube a tropezones la escalera y al salir siente el golpe del viento, la sal del mar, el calor que se le adhiere a la piel, su vejez en los huesos. En la orilla, a lo lejos, distingue la casa blanca. Tras observarla un instante, su corazón se estremece. Con una pericia que le sorprende, suelta amarras, eleva velas y apunta en esa dirección. Aferrada al timón, trata de mantener la compostura.
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