Era un juego de niña, eso creía yo. De hecho no fue mi idea, la copié de alguien a quien no recuerdo.
El caso es que con cada luna llena, donde fuera que estuviera, sola o
acompañada, al verla aullaba por unos minutos con toda mi energía.
Entre mis amigos y familia, nunca pasó de ser algo anecdótico, una
rareza más, propia de mi personalidad al margen– decían. Era tan inocente y
divertido, que algunas veces mi hermano, otras una amiga o mi novio de turno,
se unían a mí.
Para cuando comencé a sentirme más animal, pensé que era producto de mi imaginación como resultado de
tantos años de aullidos y fantasear con
ser una mujer lobo.
Una de esas tardes en las que luna y sol comparten escenario -espectáculo digno de ser visto- mientras
un rojo oscuro se iba apoderando de lo que quedaba del amarillo ocre del sol, advertí que un animal
dentro de mí comenzaba a estirar las patas y la espalda, como preparándose para
entrar en escena.
A medida que la luna empinaba, mis extremidades convulsionaban
con mayor fuerza. No podía creerlo, era real, estaba pasando. Era una mujer lobo!
Que maravilla! La noche que me iba a dar, salvaje y rabiosa, traspasaría todos
los límites, sería amenazante y hasta podría pegar un buen par de mordiscos por
allí.
En medio de la excitación, me incliné apoyando mis manos en el
piso, y estiré mi cuello hacia el cielo, mientras esperaba que la transformación se completara, lista para,
anticipándome a la noche que vislumbraba, dar el aullido más feroz de mi vida.
Pero resultó que me transformé en lobo herido, muy herido, y presa
de él, no hubo batallas territoriales, ni grescas callejeras, ni siquiera un
pelar de dientes que valga la pena recordar. A cambio, arrastré con mi enorme y
peludo cuerpo animal, con su rabo metido entre mis patas, dando inaudibles y lastimeros aullidos, toda
la noche, sin descanso.
Vencida la oscuridad, los primeros rayos del sol me encontraron en
una esquina, lamiéndome las heridas.
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