Entró por la puerta, y en medio del desorden,
intentando ayudar, se inclinó sobre la caja que yo, acurrucada, estaba empeñada
en desocupar, de tal modo que sus manos quedaron a la altura de mi cara. Solo
centímetros me separaban de ellas.
Mis ojos, extasiados, revisaron milimétricamente el movimiento de
cada dedo, el color, la forma de las uñas, el ritmo y forma particular en que
se movían. Por segundos me dejé llevar y sentí que casi podía tocarla, que dejaba de ser un dulce recuerdo, para
convertirse en tangible realidad. Sólo milímetros parecían separarme de las cálidas
y amorosas manos de mi mamá.
La voz de mi tía preguntando en dónde
ponía las copas que ahora apretaba con cuidado deshizo el hechizo.
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