Estaba parada contra la pared, junto con
mis tres compañeros, cuando descubrí la primera de mis facetas desconocidas. La
profesora caminaba enérgica frente a nosotros, de un lado para otro, mientras con la mirada la seguíamos como en un partido de tenis. Algo sobre la indisciplina repetía
en tono enérgico, cuando se detuvo frente a mi, diciendo, - Mira lo que te pasa
María, por juntarte con estos revoltosos, te obligaron a esconder el almuerzo
de Ximena. ¿Verdad?
Ciertamente me habían obligado. Pero superado el miedo inicial, fui
feliz de que lo hicieran. Llevaba dos semanas viendo como ellos se divertían,
mientras yo permanecía pulcra y derechita en la parte del salón de clases dominado
por ese tipo de niños que después de seis horas de clase, regresan a sus casas
como acabados de bañar y vestir, sin una arruga, con las manos impecables, con
cada pelo en su lugar.
Allí parada, enfundada en mi delantal de
arandelas, con las rodillas negras de arrastrarme por el piso por primera vez,
con tan solo cuatro años, tuve la certeza de que estaba viviendo un momento
definitivo en mi vida.
Como respuesta, comencé a imitar a gritos
los gestos de la profesora, mientras mis nuevos amigos se tiraban al piso a reír.
Dos horas estuvimos contra la pared, con los brazos alzados. Un dolor
inolvidable.
De regreso a casa, mi mamá al verme, sin sobresaltarse dijo sonriendo: - Ya sabía yo que te
ibas a aburrir de no haber escogido el lado interesante de la vida.
- Esa sensación de dolor todavía la
recuerdo, y desde aquella época entendí: ser libre, duele.
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