Bajó la colina, por el camino conocido.
Paró en cada esquina, tal como lo hizo durante todo el verano. A su paso,
lento, dejó atrás los muros que sirvieron como escudo de su diario deambular aquellos
días, arriba y abajo, una y otra vez. Unos días sonriente y jubilosa, otros
deportiva, fuerte, sudorosa, algunos lánguidos, esforzados, asfixiados.
Hoy es el último recorrido. Al menos el
último de esta temporada. Su avión sale de madrugada rumbo a la realidad que
meses atrás dejó abandonada. Solitaria, dolorosa.
Mientras baja, contrario a la costumbre,
tiene su mente en blanco, silencio total, ni un murmullo, ni una tonada, ni un
solo recuerdo o premonición, nada. Si no estuviera en movimiento podría pensar
que había muerto finalmente, pero no, muy viva, muy parsimoniosa, desciende.
Cruzó la avenida solitaria, y asomó su
nariz sobre la pendiente. Allí está! Su cómplice, su soporte, su confidente. Lo
ama pero viene a decirle adiós.
Enrumbó hacia las escaleritas de madera,
y presa de un súbito afán, las bajó de dos en dos, cuidando de no resbalar y
caer. Finales fatales con historias inconclusas, jamás.
Ya sobre la arena, se quitó las
sandalias, dejó que el calor húmedo de final de la tarde le arrullara sus pies
y caminó directo a él.
Tal como lo haría años después al otro
extremo del planeta, él rodeo con ímpetu sus piernas, casi besándolas, para
acto seguido succionar tajante, con gran fuerza, la tristeza de su piel,
haciéndola perder el equilibrio al arrastrar la arena bajo sus pies.
Allí, de pie, repitieron este ritual una
y otra vez, y otra vez.
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