Tenia él un amigo imaginario
con el que trazaba
ingeniosos proyectos
mientras simulaba tomar café
en antiguos y mohosos
restauranticos de esquina.
Simulando, simulando
se le pasaron a Ramón
las noches, los días,
se le fue la vida.
Ya muerto, no pudo imaginar
que a su entierro iba
dicho amigo,
quien resultó ser el único que
en verdad lo conoció.
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