-No me cabe más tristeza en el cuerpo-, piensa ella mientras extiende sus piernas en
la silla de reclinar. Hundida en ese pensamiento repasa mentalmente los mil y
un discursos que le tiene preparados, esos que jamás dirá, porque a la larga es consciente que él jamás los entenderá, fruto de su necesidad de repetir a viva voz
los fundamentos de sus decisiones, para ver si finalmente ella misma los cree.
Sonríe irradiando racionalidad mientras su
loca mente, allí en el trasfondo ya esta maquinando ideas para acordar un
último encuentro, una última charla, un último discurso, una última pelea, no
importa, lo que vale es que tenga el racional mote de “último”, como para no
sentirse peor de lo que ya se siente consigo misma. Mal chiste.
Como le duele a su ego reconocer que pese a su férrea
determinación de pensamiento, sus actos han sido un derroche de dramatismo del
más vulgar. Sabe por dónde está la salida, pero terca como es, se empeña en
seguir estrellándose sin parar cual mosca contra ventana. Es increíble el poder del miedo……puta, que
susto tener tanto miedo. ¿A qué? ¿Por qué tanto miedo?
Como respuesta se abre paso por entre su pecho su yo más
desvalido para anunciar con voz casi inaudible: -Ojala supiera- mientras desde lo alto su yo felino observa la escena con desdén, batiendo suave y
lentamente su cola. Lo cierto es que después de semejante show tan espectacular
que orquestó, consciente, inconscientemente, impresiona que ella sigue sin
untarse ni un solo dedo.
Es un hecho: jamás se ha comprometido realmente con nada ni con nadie, sigue siendo muy ella, tan dolida, tan digna con sus largas piernas sobre la silla de
reclinar, lánguida, parsimoniosa, lenta…desesperante, en un duelo a muerte entre ella y su interés
de todo controlar, y la innegable verdad de que jamás podrá hacerlo.
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