Te veo allí, sentada en el comedor de tu pequeño nido, plena y a la vez ansiosa, como quien acabando de terminar una larga y tediosa tarea, siente alivio, y al mismo tiempo un vacío. La bendita costumbre que doblega cualquier ímpetu.
Recostada en la sabiduría confortable de mis años, no puedo dejar de verte con un tinte de ternura. Tu, allí, con tu cara de que todo lo controlas, presa del pánico sosteniendo del pescuezo al monstruo de tus miedos, mientras aprietas el estomago para que tus tripas no te delaten.
Eres valiente, no cabe la menor duda, pero seria tan fácil si vieras que el dichoso monstruo, si bien es grande, es de peluche, y que contrario a lo que piensas, la incertidumbre es y seguirá siendo nuestro mejor aliado, mucho más cuando los años realmente maduros comiencen a venirse encima, dejando poco espacio para la aventura y los planes a largo plazo.
Pero no puedo pedirte que entiendas esto allí sentada, con la sensación - que hoy envidio un poco- de que todo te puede pasar. Nuestra sabiduría se ira consolidando paso a paso, lenta y parsimoniosamente por supuesto. Igual te susurro desde el futuro, esperando que mis palabras se cuelen entre los años y alcanzandote, te abracen y reconforten: puedes, claro que puedes!
Desde que ciudad te escribo, rodeada de quien o quienes, bajo que circunstancias? Lo siento, pero no te lo voy a decir. Hacerlo seria robarte la emoción del no saber.
Solo un detalle te anticipo: Vas a adorar nuestras canas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario