Mañanas como estas, incluso antes de estar plenamente consciente, se apodera de mi el fatalismo y me conduce velozmente al borde del abismo.
Bajo mis pies siento la debilidad del suelo, las pequeñas piedras que por mi peso se desprenden y caen al vacio, generando ese rumor, imperceptible y no, mientras con mis dedos, cual garras, me aferro al borde, a ese límite.
No miro hacia abajo, no es necesario, se que el vacio esta justo ahí, entre mi conciencia de lo conocido y la libertad de lo que desconozco.
Estoy atiborrada de historias, de decisiones, de conclusiones. Como odio mi pesadez, ojala pudiera, cual gato, regurgitarlas y escupirlas como bolas de pelo, para liberar espacio, quedar más vacía.
Pero pasa que los años vienen y se amontonan unos encima de otros, y así destripados, dejan escurrir ese liquido oscuro y pegajoso en el que se convierten la suma de palabras, de momentos, alquitrán que no logro sacarme.
Tal vez, si fuera menos pesada, podría ponerme en cuclillas, balancearme con los brazos y finalmente saltar, dejarme llevar, esperando que la fuerza de la caída, arranque de mi toda certeza y me permita volver a ser solo curiosidad y preguntas.
Es odiosa la madurez.
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