Camina directamente hacia mi. Rítmicamente, sin prisa. Inmóvil, enfundada en mis botas, lo miro, lo analizo. Pensar que su sola idea me robó tantas noches, me arrancó tantos gritos, me aguó tantos momentos. Y ahora, en vivo, lo veo acercarse.
Imaginé que sería más fiero, que ante su presencia me temblaría el cuerpo, se me cuartearía la piel, pero no. Impávida siento como me mira.
Se le ve cansado, y yo ya no soy niña. Tal vez cuando finalmente lo tenga frente a mi, nos miremos con cariño y nos demos un abrazo. Tal vez me tome suavemente de la mano, cuando certeramente, porque así toca, me entierre la daga de lo inevitable.
Apoyo bien mis botas en el piso. Aquí, parada derechita, lo espero.
No hay comentarios:
Publicar un comentario