Miles de cosas por hacer, y yo aquí sentada, sin poder despegarme de encima esta sensación que defino una rareza entre tedio y existencial tristeza. La luz del sol reflejada en la ventana de enfrente, rebota directamente en mi cara, como manos largas queriendo abrir mis parpados de ente, y aun así nada. Yo no me muevo. Antes, -me encanta esto de tener edad y experiencia como para dividir mi vida en un antes y un después, entre inconsciencia y madurez, entre esperar algo y ya no esperar nada-, el peso de la responsabilidad, el compromiso con mantener lo que sea que pensaran de mí, constituía, casi perdida la batalla por reaccionar, mi mecanismo de emergencia, mi as bajo la manga. Era maravilloso. Sumida en el tedio, mi sentimiento de culpa jamás fallaba y cual grúa, venia y a sacudones me espabilaba la inercia. Eso era antes. Superada la barrera, con los pies en el después, ya ni la culpa los moviliza, todo lo contrario, los afianza en su terca y parsimoniosa posición.
Tengo una cita a las 4, tengo una cita a las 4, a las 4!!! -me grito mentalmente- pero envuelta en mi madurez post, hago caso omiso y sigo aquí sentada. Son las 3 y aun me falta encontrar la salida de este estado mental, levantarme, bañarme, disfrazarme, coger el carro, manejar sin estrellarme y llegar a mi cita. A las 4. Y lo peor es que si quiero ir. No quiero ni imaginarme cual sería mi situación si además no quisiera. Pero si quiero. Y aun permanezco inmóvil.
Tic, tac, tic, tac….
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