No siento la necesidad de alimentarme. Lejos están los días en que la mente me deleitaba con deliciosos platillos cuando esos minutos previos a la
hora de comer parecían estirarse sin piedad. Labios áridos sirven de marco a
una lengua sin sabores, carente de inspiración.
Deambula mi cuerpo por calles soleadas, solitarias, mientras los
árboles se mueven al ritmo del viento. Larga y ya mayor, me percibo dando pasos
sin sentido, en una realidad que desconozco, mientras crece en mi una sensación
de doloroso abandono que no logro atajar.
Salvo algunos simulacros anteriores, solo ahora enfrento adioses verdaderamente
sentidos, ahondados por la impotencia de no poder cambiar la realidad. La vida
sigue, yo sigo, seguimos.
Parada en la mitad de la vida, dejé de ir en dirección a, para
pasar a caminar de para atrás, alejándome cada vez más de ideales juveniles, momentos
compartidos con mi madre, la armonía en familia sin vacíos, mi mota y su
compañía, la fertilidad.
No hay espacio para el drama, solo este cuerpo alejándose de todo
lo conocido, acercándose sin remedio a nuevos momentos de cierre con aquellos a
quienes ama.
Solo por hoy, quisiera no haber querido tanto, disfrutado tanto, haber
tenido menos amigos, menos familia, menos amores, cero mascotas. Así tendría
certeza de que en la mitad que me espera, enfrentaría menos adioses, menos
desgarros, menos desamores.
Pensaré diferente, mañana.
No hay comentarios:
Publicar un comentario