lunes, 13 de mayo de 2013

¿Minucias?


Blanda y húmeda, así era la mano del hombre que le dio la bienvenida, lo que le hizo temblar las tripas y tensionar los músculos de la cara para prolongar una falsa sonrisa.

La condujo hasta una oficina pequeña y la invito a esperar sentada.

Naranja. ¿A quién se le ocurre pintar de naranja las paredes de una oficina? No habían pasado dos minutos y ya tenía los nervios exaltados. Diez minutos, veinte,  y ella allí, esperando, embutida entre el rechinante color y el caos de la ciudad que se colaba con su estruendo por la ventana.

Estaba segura, segurísima - si su hombre la escuchara, le sonreiría burlonamente con cariño- de que últimamente el universo confabulaba para darle lecciones de paciencia, y peor aún, le gritaba en la cara, fuerte y claro que no tenía el control. ¿De qué? De nada, al parecer.  Hace pocos días hasta le habían cerrado las puertas en su cara!

Que sensación de impotencia tan absoluta le produjo la explicación del portero – Ha debido esperar dentro del local, vuelva mañana!- Semejante pequeñez, pero acaso no constituyen las minucias la esencia de la vida?

Aprovechando la espera, la anaranjada pared le sirvió como fondo para proyectar el recuerdo de aquel día. Allí, parada, tratando de hilar un discurso coherente, por entre el filo de las puertas cerradas.

–Señor, esto es inaudito! Me ha visto estar aquí toda la mañana, entrar y salir. Tengo el turno 525 y van en el 500, que diferencia hace que esté por fuera? Ábrame la puerta!!

- Negativo! Mañana, vuelva mañana!

El detalle de que fueran de vidrio, y por ende, se viera reflejada, fue lo único que la contuvo de no acabarlas a patadas. Tal fue su ira. Eso y verle la cara a las treinta personas que desde adentro, impávidos la miraban. -Ser violento requiere de cierto grado de impune intimidad - Ira e intenso dolor, ¿no son acaso atenuantes de un delito?

El detalle del vidrio al mismo tiempo le permitió ser testigo del monstruo de mil patas que contorsionándose, brotaba de su espalda. Pasados veinte, treinta minutos con el turno en la mano y la nariz pegada a la puerta, ya no sabía qué era peor, si permanecer allí en pie de guerra, o aceptar la evidente derrota y cargando su monstruo, darse media vuelta.

Entrando con velocidad el señor manos blandas dijo: - Que vergüenza con usted, pero la señora N no va a poder atenderla. Pero, ¿hay algo en lo que le pueda colaborar?

Respiró hondo, y consciente de cómo el hambriento se le alborotaba en su espalda, con una sonrisita leve respondió: Bueno, la verdad sí.

-Las minucias de la vida!, pensó minutos después, camino al carro. -Si las paredes no hubieran sido naranja! Lo abrió y se sentó. -Si sus manos no causaran repulsión. Metió la llave en el arranque. – Si no me hubieran cerrado las puertas…

La presión de la silla contra su cuerpo al arrancar, liberó un pesado eructo del monstruo en espalda. 

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