miércoles, 22 de mayo de 2013

Resonando


No me lo tomen a mal. Claro que me gusta que sean tiernos. Siendo yo la reina de las consentidas, - sin ser tonta, aclaro!- Disfruto de sus tiernos mimos y atenciones.

Pero, que bendita manía tienen los hombres que pasado un tiempo, cambian su forma de mirarnos, y lo peor! De hablarnos. Y pasamos a tener, en vez de un hombre varonil, atractivo, a un remedo de bebé, grandote y además peludo.

Aclaremos: Yo puedo terminar aceptando miraditas de cordero, - Pero sin exagerar! En lo que jamás, - óigase bien, Jamás! - me podré transar, es en el tema de su voz.

-Pásame la sal! puede abrir muchas puertas, si se mantiene el tono original, y acompañado de una mirada varonil, serena, contraria a de cordero,  ni hablar!

Resumiendo: A mi hacen el favor y me mantienen el vozarrón.

lunes, 20 de mayo de 2013

Sueño dos


Anoche soñé con ella.
- Había un gentío y una sensación de eterna espera - de entre la extensa fila para tomar el taxi ella se salía para alcanzarme, rodearme con su brazo por la cintura y decirme algo al oído.

Desafortunadamente no pude ver su cara. Ya saben, en los sueños el físico de las personas no necesariamente concuerda con ellas, pero me queda el sonido de su voz. Ese sí era el de ella. - ¿Que me dijo? No lo recuerdo, pero la sensación era la de un discurso típico de mamá, de esos suaves, llenos de consejos.

Además conservo el recuerdo del calor de su cuerpo, la sensación de su brazo en mi cintura,  y en especial, la de disfrutar de esa intimidad madre-hija, de nuevo.

sábado, 18 de mayo de 2013

Esencial


Tenia él un amigo imaginario
con el que trazaba
ingeniosos proyectos
mientras simulaba tomar café
en antiguos y mohosos
restauranticos de esquina.

Simulando, simulando
se le pasaron a Ramón
las noches, los días,
se le fue la vida.

Ya muerto, no pudo imaginar
que a su entierro iba
dicho amigo,
quien resultó ser el único que
en verdad lo conoció.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Imborrable infancia


A Mariano siempre le gustó mirarse lo pies. Siendo solo cinco años mayor que él, lo pillaba observándolos con detenimiento desde que era un bebé. Le gustaban desnudos, punto. Rehusarse a gatear cada vez que se los cubrían, fue su inteligente forma, sin hablar, de hacérnoslo saber. Todos los intentos fueron en vano. Mariano, desde sus primeros pasos,  caminó  siempre descalzo.

Un sello de calidad, eso es ahora todo este asunto de sus pies. Al menos para sus miles de seguidores, que como él, fortalecen a diario sus callos contra el asfalto. Para mi, es más bien un lastre, lo que ratifico cada vez que me topo con tiendas de souvenirs repletas de miniaturas de sus pies,  que para aumentar su fortuna, se venden a manos llenas.

- Mariano… Mariano, ídolo pasajero, mediático.

Jamás  reconoció, ni en público ni en privado, que las bondades de su fama, fueron antes reproche, y que su suave deambular por la vida, fue posible gracias a que nosotros, su familia, hicimos siempre de zapato. Disfrazarlo o escondernos, sólo eso tuvimos para escoger.

En vano fueron los interminables días de lavado de cerebro explicándole que sus pies estaban desnudos, pese a que ya no eran color piel. - Pésima idea fue el intento desesperado de teñírselos de negro. -Si Mariano no sale, por solidaridad, ninguno! Así que jamás use mi lindo vestido hecho especialmente para el baile de la noche blanca en la que había planeado dejarme besar por Miguel.

Bañarlos con lejía, fue la brillante solución de la vieja Tomasa. Por una semana se le desprendieron pedazos de piel, pero de vuelta su color rosado, Mariano se movió nuevamente, y nosotros también.

El cortejo parte mañana. Una milla exacta desde su pomposo estudio hasta la capilla.
- Así lo quería él, me soltó sin más su callosa esposa. Hasta me sugirió que buscara quien le diera a mis pies una pulidita. Como respuesta me dibuje una sonrisita y se la ofrecí discreta.

Abro con emoción la caja cubierta en terciopelo negro. Retiro el papel seda, y en el fondo, sobre un cojincillo blanco, veo el estupendo par de zapatos – modernos, varoniles! Hundo mi nariz para impregnarme de su aroma.

- Mmmmm! Ahhhh! A cuerito nuevo huele la revancha.

lunes, 13 de mayo de 2013

¿Minucias?


Blanda y húmeda, así era la mano del hombre que le dio la bienvenida, lo que le hizo temblar las tripas y tensionar los músculos de la cara para prolongar una falsa sonrisa.

La condujo hasta una oficina pequeña y la invito a esperar sentada.

Naranja. ¿A quién se le ocurre pintar de naranja las paredes de una oficina? No habían pasado dos minutos y ya tenía los nervios exaltados. Diez minutos, veinte,  y ella allí, esperando, embutida entre el rechinante color y el caos de la ciudad que se colaba con su estruendo por la ventana.

Estaba segura, segurísima - si su hombre la escuchara, le sonreiría burlonamente con cariño- de que últimamente el universo confabulaba para darle lecciones de paciencia, y peor aún, le gritaba en la cara, fuerte y claro que no tenía el control. ¿De qué? De nada, al parecer.  Hace pocos días hasta le habían cerrado las puertas en su cara!

Que sensación de impotencia tan absoluta le produjo la explicación del portero – Ha debido esperar dentro del local, vuelva mañana!- Semejante pequeñez, pero acaso no constituyen las minucias la esencia de la vida?

Aprovechando la espera, la anaranjada pared le sirvió como fondo para proyectar el recuerdo de aquel día. Allí, parada, tratando de hilar un discurso coherente, por entre el filo de las puertas cerradas.

–Señor, esto es inaudito! Me ha visto estar aquí toda la mañana, entrar y salir. Tengo el turno 525 y van en el 500, que diferencia hace que esté por fuera? Ábrame la puerta!!

- Negativo! Mañana, vuelva mañana!

El detalle de que fueran de vidrio, y por ende, se viera reflejada, fue lo único que la contuvo de no acabarlas a patadas. Tal fue su ira. Eso y verle la cara a las treinta personas que desde adentro, impávidos la miraban. -Ser violento requiere de cierto grado de impune intimidad - Ira e intenso dolor, ¿no son acaso atenuantes de un delito?

El detalle del vidrio al mismo tiempo le permitió ser testigo del monstruo de mil patas que contorsionándose, brotaba de su espalda. Pasados veinte, treinta minutos con el turno en la mano y la nariz pegada a la puerta, ya no sabía qué era peor, si permanecer allí en pie de guerra, o aceptar la evidente derrota y cargando su monstruo, darse media vuelta.

Entrando con velocidad el señor manos blandas dijo: - Que vergüenza con usted, pero la señora N no va a poder atenderla. Pero, ¿hay algo en lo que le pueda colaborar?

Respiró hondo, y consciente de cómo el hambriento se le alborotaba en su espalda, con una sonrisita leve respondió: Bueno, la verdad sí.

-Las minucias de la vida!, pensó minutos después, camino al carro. -Si las paredes no hubieran sido naranja! Lo abrió y se sentó. -Si sus manos no causaran repulsión. Metió la llave en el arranque. – Si no me hubieran cerrado las puertas…

La presión de la silla contra su cuerpo al arrancar, liberó un pesado eructo del monstruo en espalda.