martes, 19 de noviembre de 2013

Elijo


Sentarme, a quedarme de pie
caminar, a tomar el autobús
comer chocolate, a no hacerlo
más ahora que he entendido
es solo un vegetal.

Ser suave, a continuar severa
sutil, a explícita
escribir, a hablar.

Tomarme mi tiempo, a correr
reir y llorar, a camuflar
explotar mi acidez, a encajar

Saborear, a sufrir por mi figura
gozar mi cuerpo maduro, a esconderlo
actuar, a prevenir para no lamentar

Exponer mis palabras, a censurarme
ser criticada, a editarme
ser llana y simple, a importante.

Conjugando


Escabulléndose de la sala de espera en donde tienen a los menores reunidos, entra sigilosamente en la habitación y metiendo la cabeza entre el tumulto de adultos que rodea la cama, logra ver el desorden de tubos y aparatos. Pegada a ellos, aun respira.

Inmóviles observan que el ritmo con el que se mueve el respirador es cada vez más lento. El silencio se rompe con la voz infantil...

¿Sufre?
- No.
¿Sufrió?
- Mucho.
Sufrimos?
- Por momentos
Sufriremos?
- No hay duda.
Dejaremos de sufrir?
- Ciertamente.

El respirador se detiene. Los adultos, en silencio, algunos agarrados de gancho, luchan por contener el dolor. Los sollozos ahogados se detienen al tiempo cuando el niño, saltando sobre la cama y acomodándose suavemente a su lado, le dice sonriendo: Disfruta!

Misiva del otro lado


Lo importante no es pudieras hablar conmigo largamente sobre la forma como pensabas, sino que ahora que no estoy, superados los segundos iniciales que te aprietan el corazón al extrañar nuestras infinitas conversaciones, des rienda suelta a tu imaginación, y las recrees en tu mente.

No lo sabes, pero más allá de contarme cosas cotidianas, lo que hacías era convertir en palabras tu caminar por entre el laberinto de tu personalidad. Avanzaste siempre bajo la falsa creencia de que yo ya conocía ese recorrido, y por supuesto, la salida, cuando en realidad, yo solo seguía a ciegas el camino que tu marcabas. Mi pequeña, en tu laberinto personal jamás fui yo tu guía, solo tu amoroso escudero.

Tus disertaciones me deleitaban. Unas, otras francamente aburrían. La impotencia de sentir como le dedicabas, horas, días, meses, a analizar el mismo muro, el mismo obstáculo, una y otra vez, flagelándote por no poder sobrepasarlo, se convertía en satisfacción al ser testigo de como en un abrir y cerrar de ojos, habías avanzado kilómetros en el maravilloso recorrido de conocerte a ti misma.

Tu laberinto personal, tan complejo y rico, me hizo emocionante el acompañarte durante los largos años que me permitiste hacerlo. Un recorrido fascinante y sufrido, debo decir.

Ahora que no estoy, debes enfrentar el miedo de continuar tu camino de autoconocimiento sola, sin esa última muleta en la que me habías convertido. Fui testigo de cómo te deshiciste de muchas. Tenías tantas, que antes de ayudarte, entorpecían tu andar. Pero lentamente, como lo haces todo en tu vida, fuiste deshaciéndote de todas, salvo de la creencia de que yo te conocía mas que tu a ti misma.

Hoy no puedo darte mi amor, pero puedes conservar el recuerdo de haberlo tenido y caminar con confianza en tu inigualable laberinto de vida, con el coraje que debes sacar exclusivamente de tu amor por ti misma.

Recuerda que nacemos y morimos solos. Rodeados, sí. Pero solos. Por eso es vital que sigas avanzando en tu camino de conocimiento. Solo así tendrás la paz necesaria para enfrentarte a tu muerte.

Conocerte. Esa es la única forma de encontrar la salida, mientras disfrutas del recorrido. Siempre hay que disfrutar del recorrido!

Del otro lado, te estará esperando, sólo aquello en lo que decidas creer.  Yo por ahora recorro valles hermosos, con atardeceres de fuego, descalza, libre, mientras mis manos se deleitan tocando miles de texturas. En mi cielo, he vuelto a ser niña, y ya no soy sola.

Escoge el tuyo, créalo con tu corazón, y si decides reencarnar en montaña, como tanto repetías, cuando llegue el momento, será un placer recorrer tus prados y sentarme en tus acantilados a observar el universo.

martes, 12 de noviembre de 2013

Heridas de guerra


Por días, las costricas que me quedaron
como evidencia de viejas batallas
me dan comezón.

Ignorarlas es mi intención,
pero como pica la comezón.

martes, 5 de noviembre de 2013

Instinto


Rápido pasa un pie delante del otro, una y otra vez, sin tregua. Manos temerosas se estiran y contraen al interior de los bolsillos, mientras la melena arisca no se decide a ubicarse en un solo lugar. El viento en la cara le provoca un gesto que acentúa sus arrugas, a la vez que mantiene colorada su nariz.

Está oscuro, pero puede ver la luz del semáforo al final de la calle. Aunque su cuerpo avanza como una locomotora, sabe que aún no se ha decidido.

Dentro del bolsillo, sus dedos rozan el borde frio y metálico de la llave. –Vuelve-  era lo único que decía la nota junto con la cual la encontró sobre el techo de su carro.  De eso hace ya dos meses.

Llega a la esquina, asoma la cabeza, y detiene la mirada sobre el portón verde a mitad de calle. La luz de la ventana está apagada, lo que la anima a acercarse. Parada en la acera, con la mirada clavada en los carros que pasan, respira hondo, mientras con sus dedos continua jugando con la llave.

Han pasado diez minutos, y ella, ahora sentada sobre el tercero de los cuatro escalones de la entrada, juguetea con el ramo de margaritas que encontró sobre el buzón. Es la quinta vez que se acerca desde que se marchó,  y la segunda que al menos se detiene frente al portón. La idea de las flores parece estar dando resultado.

Su esposo, ansioso, la observa escondido detrás de las cortinas. Vas a lograrlo! – piensa, mientras con cariño bordea la forma de su cabeza con los dedos.

El bebé en el cuarto de al lado comienza a llorar, y ella, asustada, de un brinco salta las escaleras echando a correr calle abajo.

- Tienes que lograrlo!  Dice él en voz alta, mientras resignado se dirige a la cuna a atender al bebé.