Siempre me han gustado los símbolos y los agüeros. No los
populares, sino los personales. Aquellos privados que todos tenemos, y que
nadie, salvo alguien muy perspicaz, podría reconocer.
En mi caso particular, el paso de los años ha derrotado a
muchos, y al mismo tiempo, ha traído algunos nuevos. Todos ellos y yo, pasamos
los días entre las actividades ordinarias, y los rituales de rigor.
Descifrar el significado del color de mis calzones, daría
muchas pistas sobre los miedos que amanecen pegados a mí, y que combato a punta
de color.
Más que combinar con el clima del día, mis zapatos responden
a las pesadillas de la noche anterior. Caminar por la acera norte, o la del sur
rumbo al trabajo, depende exclusivamente de si al bañarme, se me cayó el jabón
al piso un número par o impar de veces. Si no se cayo, ni salgo!
La secretaria de mi oficina, aun cree que cuando timbro en
la puerta, en vez de usar mis propias llaves, se debe a mi mente despistada, y
no al hecho de si me cruce o no en la calle con una monja.
Tres vueltas al pan antes de tostarlo, para que no llueva;
estornudar ficticiamente una vez mientras manejo, para que el semáforo continúe en verde y alcance a pasar; usar gafas que no necesito cuando creo que la energía negativa me
rodea, usar prendas de mi mamá en días importantes en el trabajo, para que me
vaya bien. No cambiar ni de fundas mi silla asignada en cualquier medio de transporte masivo... Por mencionar algunos.
A mi me gustan mis agüeros, los disfruto. Me hacen sentir
importante. Pero pasa que llega un momento en que hay que dejar alguno atrás.
Hoy reemplacé nuestra hermosa foto juntas por la de un
paisaje. Fin de ese ritual. Ya veremos que nuevo símbolo me
invento mañana para seguir sintiéndola cerca.