jueves, 27 de marzo de 2014

Proceso


Siempre me han gustado los símbolos y los agüeros. No los populares, sino los personales. Aquellos privados que todos tenemos, y que nadie, salvo alguien muy perspicaz, podría reconocer.

En mi caso particular, el paso de los años ha derrotado a muchos, y al mismo tiempo, ha traído algunos nuevos. Todos ellos y yo, pasamos los días entre las actividades ordinarias, y los rituales de rigor.

Descifrar el significado del color de mis calzones, daría muchas pistas sobre los miedos que amanecen pegados a mí, y que combato a punta de color.

Más que combinar con el clima del día, mis zapatos responden a las pesadillas de la noche anterior. Caminar por la acera norte, o la del sur rumbo al trabajo, depende exclusivamente de si al bañarme, se me cayó el jabón al piso un número par o impar de veces. Si no se cayo, ni salgo!

La secretaria de mi oficina, aun cree que cuando timbro en la puerta, en vez de usar mis propias llaves, se debe a mi mente despistada, y no al hecho de si me cruce o no en la calle con una monja.

Tres vueltas al pan antes de tostarlo, para que no llueva; estornudar ficticiamente una vez  mientras manejo, para que el semáforo continúe en verde y alcance a pasar; usar gafas que no necesito cuando creo que la energía negativa me rodea, usar prendas de mi mamá en días importantes en el trabajo, para que me vaya bien. No cambiar ni de fundas mi silla asignada en cualquier medio de transporte masivo... Por mencionar algunos.

A mi me gustan mis agüeros, los disfruto. Me hacen sentir importante. Pero pasa que llega un momento en que hay que dejar alguno atrás.

Hoy reemplacé nuestra hermosa foto juntas por la de un paisaje. Fin de ese ritual. Ya veremos que nuevo símbolo me invento mañana para seguir sintiéndola cerca.

lunes, 17 de marzo de 2014

Cuestión de perspectiva


De frente a mi tengo un muro de ladrillo rojo. Cuando recibe la luz del sol, adquiere una apariencia interesante. Sus imperfecciones toman relevancia y hablan para contarme que antes que preferir fundirse con al oscuridad, lo que les gusta es brillar, resaltar, ser vistas. Son ellas las que hacen de este muro lo que es, - no cualquier muro-. Lleva años, resistiendo, sosteniendo, protegiendo, expandiéndose y contrayéndose de calor y frio, bebiendo, casi hasta ahogarse, el agua que generosa le brinda la lluvia.

El este ahí, y es cada vez mas hermoso, cada vez mas sabio, cada vez mas sólido. Eso me dicen. Yo lo veo desde mi ventana, no me queda de otra, pues bloquea la vista desde mi sala. Creo que en realidad es solo un muro como cualquier otro, más que insignificante, común.

- No puede ser, otra vez esta subiendo la cortina. Es mejor cuando la deja cerrada, así no tenemos que verla. Será que no tiene nada mejor que hacer que caminar en círculos por esa casa. Esperemos que no abra la ventana para hablarnos. Puede alguien tener una existencia más monótona y vacía que esa señora?

A todos pasa


¿Qué pasa?
Pasa que, que la…
¿La?
Si! La.

Ella dijo que esta vez…
No es acaso la quinta vez?
Si bueno, pero tal vez…
Amigo, poco ves.

Pasa que la amo!
Su mirada, amansa.
¿No será a- mensa?