lunes, 22 de julio de 2013

Me gustas - nuevo final


La espalda, con los años, en mi caso al menos, se estira. Lo mismo pasa con mi cuello, cada año es un poco más largo, cada año un poco más cisne, menos pato.

Mis manos por su parte, cada año se encogen. Particularmente la palma, no los dedos, que en contraste, se ven casi tan largos como mi cuello. Tuve manos hermosas, ahora las tengo tipo araña de cinco patas.

Mi ombligo, hace las veces de yo-yo, unas veces se extiende sobre mi vientre, como pedazo recién cortado de piña, otras se encoge como una granito negro de pimienta. Sí, entre más pequeño, más negro.

Mis ojos afortunadamente no experimentan grandes cambios, salvo por mis pestañas que desde hace cinco años no han dejado de crecer. Al principio, maravillada por su abundancia, me las maquillaba de colores, después me las dejé largas, muy largas, pero me costaba parpadear. Desde hace unos meses pago diez dólares cada semana a una señora para que me las corte en casa.

Mis dientes, dependiendo del clima, cambian de lugar. En las mañanas muy frías, las muelas se me pasan para adelante, y los incisivos para atrás. Cepillarlos es todo un arte.  Si hace calor, los caninos duplican su tamaño – esa les fascina a mis hijos- y cuando llueve, se apeñuscan todos en la parte de atrás,  dejando el frente vacío. Las vergüenzas que me han hecho pasar.

Tengo tres roperos diferentes, dependiendo de cómo les de a mis piernas por estar. Cuando hago mucho ejercicio, y se cansan, se encogen tanto, que los shorts los uso de pantalón largo. Pero cuando estoy relajada se estiran a sus anchas. Ahí me toca usar solo faldas, pues son tan gruesas que ya han reventado tres pantalones. Lo mejor es cuando estoy en mood trabajador, se ponen largas y torneadas, con unos tobillos de ataque. Son mis grandes aliadas en mi vida laboral.

Eso por contar solo un poco, sin entrar en detalles sobre como se me desarman a veces lo pies,  o mis orejas se cierran cual capullo al punto de no poder escuchar casi nada, y ni hablar de mis cambios internos. Básicamente, cada día enfrento la aventura de verme y reconocerme.

La gente que no me conoce,  tras ser testigo de tres o más de mis constantes cambios, siempre termina preguntándome lo mismo. ¿Cómo has hecho para lidiar con tremenda situación? Yo sonriendo, así ese día no tenga dientes, les digo: Quererme tal cual como voy siendo!

Hace poco, un viejo amigo de la universidad, desprevenido me dijo: Oye, yo no recuerdo que en nuestros días de estudiantes te pasara todo esto, cuándo comenzó?

A sabiendas de su marcada incredulidad por todo, combinada con su  fuerte inclinación por burlarse de los demás, le dije: Un niño un poco mayor que yo, vecino de mi casa, padecía de este desorden. A mi me gustaba espiarlo cuando era niña, me daba curiosidad, pero el siempre rehuía. Yo tenía doce años cuando se fue a vivir a otra ciudad. Casi me había olvidado de él cuando años después saliendo a almorzar en mi primera semana de trabajo, lo vi caminando por la calle. Fue imposible para mi seguir derecho, así que reviviendo el pasado, comencé a perseguirlo. Caminé sobre su sombra casi tres cuadras esquivando personas con tal de no perderlo de vista. Al casi perder su rastro en una esquina, corrí desesperada, cuando sentí que me agarraban del brazo con fuerza y me arrastraban a un rincón detrás de un carrito de perros calientes abandonado.

Con curiosidad, más que con temor, vi como mi antiguo vecino, ahora un hombre, con las cejas debajo de los ojos, me miraba con rabia. Fascinada de tenerlo tan cerca, pude ver claramente que los lóbulos de sus orejas, cual dedos, estaban cubiertos por uñas corticas. Ante mi evidente expresión de fascinante curiosidad, relajó su expresión y me soltó un poco, mientras con la boca abierta yo no podía dejar de observarlo.

-¿Así que no te parezco un engendro? Negué moviendo la cabeza.

- Te mueres de la curiosidad, dijo. Yo lo miraba de arriba a abajo, extasiada.

Rodeandome como si fuera un gato, casi que me susurró:  -Si pudieras vivirlo, te gustaría? Mi cabeza se movió en un si exagerado. Acto seguido, regalándome una sonrisa casi canina – hacía un poco de calor – puso en mi mano una bolsa de semillas, diciendo: Cómetelas! El resultado, inocuo o no, dependerá de cuantas te comas, y del orden en que lo hagas.

- Que vá!, te estas inventando esta historia-, dijo mi amigo interrumpiendo mi relato.  -Y ahora me vas a decir que te las comiste, y por eso ahora andas así? Por favor!  Como respuesta guardé silencio mientras lo miraba fijamente.

- Sabia que eras medio rara, pero no que ya estabas completamente loca. Que historia tan, … tan,…  No. Imposible- dijo,  mientras yo continuaba mirándolo con mis ya largas pestañas.

Tras eternos minutos de mirarnos fijamente en silencio, dijo: - ¿En serio? Cambiar toda tu vida solo por matar tu curiosidad? ¿No te arrepientes? -Negué moviendo la cabeza.

-¿Te comiste una bolsa entera de semillas locas? Mi cabeza nuevamente dibujo un no, mientras se me dibujaba una sonrisita en los labios.

-No puede ser, no te las comiste todas? Lentamente moví la cabeza de derecha a izquierda.

-No me digas, no me digas, -casi gritó parándose de la silla-  ¿Es decir que todavía tienes?

Como respuesta, subí una ceja y sonreí.


jueves, 18 de julio de 2013

Me gustas


La espalda, con los años, en mi caso al menos, se estira. Lo mismo pasa con mi cuello, cada año es un poco más largo, cada año un poco más cisne, menos pato.

Mis manos por su parte, cada año se encogen. Particularmente la palma, no los dedos, que en contraste, se ven casi tan largos como mi cuello. Tuve manos hermosas, ahora las tengo tipo araña de cinco patas.

Mi ombligo, hace las veces de yo-yo, unas veces se extiende sobre mi vientre, como pedazo recién cortado de piña, otras se encoge como una granito negro de pimienta. Sí, entre más pequeño, más negro.

Mis ojos afortunadamente no experimentan grandes cambios, salvo por mis pestañas que desde hace cinco años no han dejado de crecer. Al principio, maravillada por su abundancia, me las maquillaba de colores, después me las dejé largas, muy largas, pero me costaba parpadear. Desde hace unos meses pago diez dólares cada semana a una señora para que me las corte en casa.

Mis dientes, dependiendo del clima, cambian de lugar. En las mañanas muy frias, las muelas se me pasan para adelante, y los incisivos para atrás. Cepillarlos es todo un arte.  Si hace calor, los caninos duplican su tamaño – esa les fascina a mis hijos- y cuando llueve, se apeñuscan todos en la parte de atrás,  dejando el frente vacío. Las vergüenzas que me han hecho pasar.

Tengo tres roperos diferentes, dependiendo de cómo les de a mis piernas por estar. Cuando hago mucho ejercicio, y se cansan, se encogen tanto, que los shorts los uso de pantalón largo. Pero cuando estoy relajada se estiran a sus anchas. Ahí me toca usar solo faldas, pues son tan gruesas que ya han reventado tres pantalones. Lo mejor es cuando estoy en mood trabajador, se ponen largas y torneadas, con unos tobillos de ataque. Son mis grandes aliadas en mi vida laboral.

Eso por contar solo un poco, sin entrar en detalles sobre como se me desarman a veces lo pies,  o mis orejas se cierran cual capullo al punto de no poder escuchar casi nada, y ni hablar de mis cambios internos. Básicamente, cada día enfrento la aventura de verme y reconocerme.

La gente que no me conoce,  tras ser testigo de tres o más de mis constantes cambios, siempre termina preguntándome lo mismo. ¿Cómo has hecho para lidiar con tremenda situación? Yo sonriendo, así ese día no tenga dientes, les digo: Quererme tal cual como voy siendo!

viernes, 12 de julio de 2013

Yo Loca


Todos tenemos una voz interna, ese otro yo con el que dialogamos cuando estamos serenos, que nos da alientos cuando estamos inseguros, que nos maltrata cuando estamos violentos.

Voz pequeña, otras veces grande, con quien a diario negociamos la forma como vivimos nuestras vidas, todos los días, uno tras otro, sin falta, de noche y de día, dormidos o despiertos, solos o acompañados, felices o tristes, estresados o relajados, vamos de la mano, con nuestra eterna e irrenunciable compañía, unas veces impulso, otras muchas lastre.

Pasa que en mi caso, una sola voz, parece, no fue suficiente, por lo que disfruto de varias de ellas - si a eso se le puede llamar disfrutar-. Nada de esquizofrenias ni delirios de persecución, simplemente tengo muchas voces internas, que por lo general hablan al mismo tiempo, siempre con ideas diferentes sobre un mismo tema.

Así,  la toma de decisiones se dificulta, concentrarse es un reto, el profundizar en el amor propio implica un mayor esfuerzo, y bien, relajarse a solas, prácticamente imposible.

Habiendo aprendido a lidiar con ellas, aun no logro dominarlas en esos quince minutos que cada mañana me toma despertarme definitivamente. En ese lapso de tiempo, aprovechando que la fantasía de mis sueños se mezcla con la racionalidad, aprovechan para literalmente, llevarme a los confines más remotos de mi cordura. Voraces me agarran de las piernas y me arrastran sobre mi conciencia, mientras presa del pánico trato de aferrarme a lo que encuentre a mi paso. Eternos minutos de voces encontradas  que todo lo cuestionan y una lucha desenfrenada por sobrevivir al ataque, mientras mi cuerpo es arrastrado a gran velocidad sobre el piso de mis convicciones y recuerdos. Mis manos se aferran a los escasos pilares de mi personalidad, pero como sigo medio dormida, mis movimientos torpes no logran contrarrestar el poder del arrastre. En medio de la faena, una voz grave sobresale diciéndome: admítelo, la estás perdiendo! Mientras yo trato de sostenerme sin éxito de algunos de mis más gratos recuerdos.

- Despierta de una buena vez, desesperada le ordeno a mi cerebro aun dormido. -Inyéctame racionalidad, despierta!!

Segundos antes de caer al vacío de lo irracional, mi cerebro ya despierto, inunda la escena. Justo allí, mientras todo flota y se reacomoda, disfruto por única vez al día, de mi silencio interior, ese que de otra forma nunca tengo, que añoro, pero que de forma natural es inalcanzable para mí.

Impresionable. Siempre lo he sido, y pese a las consecuencias, espero jamás dejar de serlo.

jueves, 11 de julio de 2013

Predecible


Estaba parada contra la pared, junto con mis tres compañeros, cuando descubrí la primera de mis facetas desconocidas. La profesora caminaba enérgica frente a nosotros, de un lado para otro, mientras con la mirada la seguíamos como en un partido de tenis. Algo sobre la indisciplina repetía en tono enérgico, cuando se detuvo frente a mi, diciendo, - Mira lo que te pasa María, por juntarte con estos revoltosos, te obligaron a esconder el almuerzo de Ximena. ¿Verdad?

Ciertamente me habían obligado. Pero superado el miedo inicial, fui feliz de que lo hicieran. Llevaba dos semanas viendo como ellos se divertían, mientras yo permanecía pulcra y derechita en la parte del salón de clases dominado por ese tipo de niños que después de seis horas de clase, regresan a sus casas como acabados de bañar y vestir, sin una arruga, con las manos impecables, con cada pelo en su lugar.

Allí parada, enfundada en mi delantal de arandelas, con las rodillas negras de arrastrarme por el piso por primera vez, con tan solo cuatro años, tuve la certeza de que estaba viviendo un momento definitivo en mi vida.

Como respuesta, comencé a imitar a gritos los gestos de la profesora, mientras mis nuevos amigos se tiraban al piso a reír. Dos horas estuvimos contra la pared, con los brazos alzados. Un dolor inolvidable.

De regreso a casa, mi mamá al verme, sin sobresaltarse dijo sonriendo: - Ya sabía yo que te  ibas a aburrir de no haber escogido el lado interesante de la vida.

- Esa sensación de dolor todavía la recuerdo, y desde aquella época entendí: ser libre, duele.