Cuantas versiones tenemos de nosotros mismos? En definitiva unas cuantas. En mi caso han pululado, y siguen haciéndolo. Muchas de ellas, pese a que las adoraba, ahora resultan obsoletas, porque esto de madurar, o mejor, de volverme vieja, las ha dejado atrás, pese a mí, pese a ellas, pese a todo. Sería bueno no ir perdiendo la memoria, para poder hacer un inventario sino de todas, de las principales. O será más técnico decir hacer un censo?
Pero lamentablemente, a pesar de haber sido tan íntimas, tan mías, tan –en mi personalísimo y objetivo ranking- populares en alguna época, se borran y me va quedando solo una sensación confusa de lo que alguna vez fui, bueno o malo, brillante o mediocre, santo o perverso, como si masticara algo pegajoso.
Negada como estoy a convertirme en una colcha de recuerdos, muchos de ellos que de seguro ni serán míos, he decidido reescribir mis memorias. Si! así como lo oyen. Después de tanto cuento chino, ya tengo medio claro que el pasado no existe, que la verdad es relativa, que los recuerdos dependen de la percepción de cada quien y bla, bla, bla. Así que dado que es un hecho el que no me acuerdo bien de qué es real y qué no, o de cuantas maravillosas o tenebrosas versiones de mi misma me siguen acompañando y cuantas me abandonaron, pues más práctico será incrustar en mi madura mente un pasado brillante lleno de aventuras, de pasos en falso de los que salí bien librada, de decisiones que aunque erráticas, siempre me abrieron puertas, de haberme jugado la vida y la honra y siempre, cual gato, haber caído parada. –Tal vez incluya que tuve una hermosa voz que con los años perdí -
He decidido que tendré un pasado de ataque, que sacaré a relucir en las pavosas reuniones -de amigos, familia, trabajo, alguna otra?- para deleitarme con sus reacciones, y por qué no, con las mías también.
Y como el futuro no existe, - y dale con la chinada- no tengo nada de que preocuparme, y mi presente será el constante reescribir de mis memorias. He dicho!